Mateo llegaba todos los días diciendo: “Odio las matemáticas”. Y yo, en mi intento por ayudar, le decía: “Pero si no son tan difíciles”. Con el tiempo entendí que esa respuesta solo lo frustraba más.
Las tareas eran una batalla constante hasta que decidimos probar algo nuevo.
Mateo jugaba Minecraft todo el día y yo, en vez de pelear con él para que hiciera sus tareas de matemáticas, empecé a hacerle preguntas dentro del juego. “¿Cuántos bloques necesitas para hacer una muralla de 10 de ancho y 3 de alto?” Al principio ni se dio cuenta de que estaba haciendo matemáticas, hasta que un día me dijo: “Mamá, ya sé cómo calcular cuántos bloques necesito sin contar uno por uno”.
Y ahí entendí: no es que odiara las matemáticas, solo que nunca había visto para qué servían en la vida real.
Ese ejercicio transformó su creencia y dejó de ver las matemáticas como un enemigo.
📌 Lo que aprendí: a veces, la clave está en encontrar lo que realmente motiva a nuestros hijos, darnos el tiempo de entender e involucrarnos en eso, que requiere un tiempo extra pero valioso.